Existe en la República Popular de China un problema
demográfico estructural. Las autoridades chinas hablan de “sobre población”: se
trata del país más poblado del mundo, con
más de 1,300 millones de habitantes, en un territorio de 9,706,961
kilómetros cuadrados, para una densidad poblacional de 144 habitantes por
kilómetro cuadrado. Existen problemas de aglutinamiento de personas en las
grandes ciudades, también problemas de higiene, pero sobre todo, las
autoridades chinas se preocupan por las finanzas: los gastos en los que incurre
el gobierno se elevan con cada bebé que nace en ese país. Por lo que desde
1979, el gobierno chino ha impuesto una política del “hijo único”, con el fin
de controlar el crecimiento demográfico.
Dicha política consiste en autorizar a las parejas chinas a
tener únicamente un hijo. Las parejas que tienen más de un hijo deben pagar
multas muy elevadas para financiar los gastos del estado chino para “cuidar” a
ese segundo o tercer hijo. Los únicos padres autorizados a tener más de un hijo
son aquellos que fueron ellos mismos hijos únicos. Además, existe un fenómeno
muy peculiar: las familias chinas prefieren tener hijos varones. Esto se debe a
que las familias chinas consideran a los hombres más aptos para cuidar de su
familia, de sus padres cuando alcancen la ancianidad y, sobre todo, para
garantizar la continuidad del linaje familiar. En muchos casos, las madres
abortan al saber que tendrán una niña. Esto crea un problema de desequilibrio
entre la población masculina y la femenina.
China puso fin el jueves a la política del hijo único, al
autorizar a todas las parejas a tener dos, en una decisión histórica que
reclamaban demógrafos y economistas para frenar el envejecimiento de la población
y estimular la economía.
La decisión fue tomada "para promover el equilibrio en
el desarrollo" y "dar respuesta al envejecimiento de la
población"
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